domingo, 4 de junio de 2017

Z, LA CIUDAD PERDIDA (THE LOST CITY OF Z, 2016, JAMES GRAY)


Es posible que, de todos los géneros populares que el cine ha dado a lo largo de su historia, el de aventuras sea el más maltratado y/o deformado por las nuevas reglas del mercantilismo hollywoodiense. En consecuencia, si uno tuviera que seleccionar un solo referente de la última década que pudiera situarse a la altura de clásicos indiscutibles como El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1924) o El mundo en sus manos (The World in His Arms, 1952), ambas de Raoul Walsh, Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955) o el díptico El tigre de Isnapur (Der Tiger von Eschnapur, 1959) y La tumba india (Das indische Grabmal 1959), dirigidas por Fritz Lang, Viento en las velas (A High Wind in Jamaica, 1965), de Alexander Mackendrick, o incluso En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), de Steven Spielberg película que, para bien o para mal, y junto a Star Wars: Episodio IV –Una nueva esperanza– (Star Wars, 1977), de George Lucas, lo cambió casi todo para el cine comercial, lo más probable es que no hallara ningún ejemplo válido. 

James Gray y Robert Pattinson en pleno rodaje de Z, la ciudad perdida
 
Es por esa razón, así como por muchas otras que expongo en el artículo que le he dedicado en Transit: cine y otros desvíos, que no me duelen prendas a la hora de considerar a Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016), de James Gray, como un inesperado pero absoluto logro. Lamentablemente, las bajas recaudaciones que este tipo de producciones suelen generar actualmente en taquilla pues ahora se las considera demasiado artísticas, razón por la que ni siquiera vienen respaldadas por una estrategia comercial que les otorgue una visibilidad a la altura de las circunstancias, impiden que propuestas similares puedan recibir luz verde de los estudios con mayor frecuencia. La genuina película de Gray devuelve parte de su esplendor perdido a un tipo de narración que merecería volar a una altura artística bastante por encima de lo que suelen ofrecer ciertos (y adocenados) productos actuales por todos conocidos.


 

martes, 21 de febrero de 2017

INLAND EMPIRE (2006, DAVID LYNCH)


Cada cierto tiempo el cine fantástico logra reinventarse por medio de propuestas que, a su particular manera, revolucionan el lenguaje cinematográfico. Lo importante en estos casos no es tanto sorprender al espectador con eso que suele llamarse originalidad sino hacerlo por medio de una articulación formal que multiplique las lecturas que un mismo material permite. Lynch lo ha venido haciendo desde el inicio de su carrera, con obras como Cabeza borradora, Terciopelo azul o Carretera perdida, pero Inland Empire, que no necesariamente es mejor que la segunda y la tercera, es probablemente su pieza más rotunda en lo que se refiere a su compleja configuración (visual, sonora, estructural) de un mundo mental y onírico. También es la obra en la que el cineasta mejor deja entrever, especialmente a los que conocen otras ramificaciones de su obra (sus discos, cuadros o incluso ese curioso libro titulado Atrapa al pez dorado), la importancia que su afición por la meditación trascendental ha desempeñado en lo que a su relación con (y aprehensión de) la existencia se refiere.

Lynch en un momento del rodaje de Inland Empire

Es posible –y seguramente correcto– interpretar el itinerario de Inland Empire como un retorcido desvarío mental que la trastornada psique de su protagonista, Nikki Grace (Laura Dern), inventa para afrontar un determinado conflicto personal, pero quizá sea todavía más poderosa la lectura espiritual que determinados y numerosos elementos del film posibilitan. De todo ello hablo extensamente en mi reciente acercamiento a la última obra de Lynch, publicado en la revista digital Transit: cine y otros desvíos. Último eslabón de su filmografía hasta que, claro está, en mayo de este mismo año se produzca su esperado retorno televisivo al universo de Twin Peaks.