domingo, 7 de diciembre de 2014

INTERSTELLAR (2014, CHRISTOPHER NOLAN)


Título Original: Interstellar
Año: 2014
Nacionalidad: EE.UU./Reino Unido
Duración: 169 min
Director: Christopher Nolan
Guión: Christopher Nolan y Jonathan Nolan, según una historia de Kip Thorne
Actores: Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Michael Caine, Wes Bentley, David Gyasi, Casey Affleck, Matt Damon, Ellen Burstyn


 El cineasta Christopher Nolan


Cuando tan solo quedan unas pocas semanas para que pueda darse por concluido el presente año 2014, y a falta de ver unas pocas y prometedoras películas que deben estrenarse en los próximos días –pienso en Mr. Turner (2014), del en no pocas ocasiones excelente Mike Leigh; Big Eyes (2014), film dirigido por Tim Burton con un ajustado presupuesto de diez millones dólares; Frío en Julio (Cold in July, 2014), de Jim Mickle, director de la interesante pero también algo sobrevalorada Stake Land (2010) (vale más olvidarse de su desafortunado título en español: Vampiros del hampa), o Jauja (2014), de Lisandro Alonso–, puede afirmarse que el grueso de las producciones más interesantes del año ya se han podido disfrutar, o bien a través de su estreno en salas comerciales o bien de lo propio en alguno de los festivales de cine patrios. 


A mi juicio, entre las citas ineludibles del presente año deben contarse propuestas como la del inigualable Jean-Luc Godard de Adieu au langage (2014) –film rodado en 3D que se ha visto incomprensiblemente estrenado en salas en 2D, logrando de ese modo que los espectadores que pudimos asistir a su proyección en condiciones durante el pasado Festival de Sitges nos sintamos ahora, sin comerlo ni beberlo, unos auténticos privilegiados–, la excelente El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), de Martin Scorsese, y las notables El viento se levanta (Kaze Tachinu, 2013), de Hayao Miyazaki, La jalousie (2013), de Philippe Garrel, El sueño de Ellis (The Immigrant, 2013), de James Gray, o el documental musical 20.000 días en la Tierra (20,000 Days on Earth), de Iain Forsyth y Jane Pollard. A las que cabría sumar también una película y una serie de televisión protagonizadas en ambos casos por Matthew McConaughey: Interstellar, el más que estimulante nuevo film de ciencia ficción dirigido por Cristopher Nolan, y la excelente primera temporada de la serie True Detective (2014), de Cary Fukunaga. De la primera hablo largo y tendido en una panorámica recientemente publicada en la revista Transit: cine y otros desvíos, que puede leerse en el siguiente enlace:



lunes, 24 de noviembre de 2014

EN MEMORIA DE JOSÉ MARÍA LATORRE (1945-2014)


Esta misma mañana he leído con gran pesar en el blog de Tomás Fernández Valentí la noticia del fallecimiento de José María Latorre. Hace escasamente un mes se podía leer lo siguiente en el breve texto que encabezaba la sección Pantalla digital del número de noviembre de la revista Dirigido Por: “José María Latorre va a faltar a su cita mensual con los lectores de esta sección por un leve problema de salud del cual esperamos se restablezca pronto”. Latorre falleció repentinamente el pasado viernes 14 de noviembre, y la noticia de su pérdida, lamentablemente, no parece haber gozado de una difusión a la altura de la relevancia cultural que ciertamente tenía –y tiene– un escritor y crítico cinematográfico de su envergadura  –a mi entender una figura clave del panorama cultural español de los últimos cuarenta años–, que también se erigió, tal vez sin él pretenderlo, en un verdadero faro en la niebla para un buen número de aficionados al cine y a la cultura en general. Sus conocimientos sobre música, literatura y cine eran sencillamente extraordinarios –una sonora bofetada en la cara de esa “modernidad líquida” que nos rodea y que tan profundamente ha analizado en los últimos tiempos el filósofo polaco Zygmunt Bauman–, y su afán, genuino y sensato, por intentar transmitir estos a las nuevas generaciones de todo punto incuestionable, como ha quedado sobradamente demostrado en el tiempo no solo a través de sus frecuentes ensayos y artículos publicados en libros o revistas, sino también en sus recomendaciones literarias mensualmente publicadas en la revista Imágenes de Actualidad, o en aquel blog suyo –desaparecido unos diez años atrás, cuando Latorre decide cerrarlo al verse incapaz de frenar los frecuentes e indiscriminados ataques de Spam que sufría la página– en el que los usuarios protagonizaban profundos debates culturales en los que intervenía el propio escritor, y gracias a los que yo mismo llegué a conocer, sin ir más lejos, obras literarias tan extraordinarias como El hombre sin atributos, de Robert Musil, La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, o Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus.

El escritor y crítico de cine José María Latorre



Resulta verdaderamente difícil intentar reflejar en unas pocas palabras la excepcional importancia que Latorre ha tenido en España como crítico de cine, pero también, y de forma especialmente señalada, como escritor de gran literatura. Labor esta última, desde mi punto de vista,  que nunca ha estado lo suficientemente reconocida.
He tenido el placer de leer sus 44 novelas (y recopilaciones de cuentos) –y también gran parte de sus ensayos, críticas y literatura sobre cine– y creo que la calidad media que tenían sus trabajos es sencillamente apabullante. En este sentido, no conozco a nadie a su altura dentro del panorama cultural español actual. Gran literatura me parecen “School Bus”, “Huida de la ciudad araña”, “Miércoles de ceniza”, “Sangre es el nombre del amor”, “Osario”, “Las trece campanadas”, “La noche transfigurada”, “Treinta y cinco milímetros de Franco”, “Los teatros imaginarios”, “El hombre de las leyendas”, “Los jardines de Beatriz”, “El año de la celebración de la carne”, “Visita de tinieblas”, “El silencio”, “Fragmentos de eternidad”, o su último trabajo, “Música muerta y otros relatos”, publicado este mismo año 2014. Por no hablar de algunos de sus libros de cine, sencillamente imprescindibles y que bien merecerían ser urgentemente reeditados: “El cine fantástico”, “Nino Rota, la imagen de la música” o “La vuelta al mundo en 80 aventuras”.
Desconozco si Latorre ha dejado alguna obra huérfana de publicación, pero espero que de ser así ese trabajo (o trabajos) pueda llegar a ver la luz algún día, aunque sea a titulo póstumo. Y cuanto antes mejor. José María Latorre bien se lo merece.

Una parte significativa de las novelas, cuentos y ensayos críticos de Latorre

Con las líneas anteriores tan solo he pretendido rendir un pequeño y sentido homenaje a quien de forma incondicional considero una de las grandes figuras culturales españolas de las últimas décadas. Descansa en paz, José María Latorre. Mi más sentido pésame para sus familiares y amigos. Un fuerte abrazo desde Barcelona.


jueves, 13 de noviembre de 2014

THE SAGA OF ANATAHAN (1953, JOSEF VON STERNBERG)


Título Original: The Saga of Anatahan
Año: 1953
Nacionalidad: Japón
Duración: 92 min
Director: Josef Von Sternberg
Guión: Josef Von Sternberg y Tatsuo Asano (sin acreditar), según la novela de Michiro Maruyama, traducida del japonés al inglés por Younghill Kang
Actores: Akemi Negishi, Tadashi Suganuma, Kisaburo Sawamura, Shôji Nakayama, Jun Fujikawa, Hiroshi Kondô

 Carátula del DVD editado por Films Sans Frontières


La trayectoria cinematográfica de Josef Von Sternberg abarca cuatro décadas –de 1925, año en que dirige su primera y notable película, The Salvation Hunters, a 1957, cuando pone fin a su filmografía con la meramente correcta Amor a reacción (Jet Pilot, 1957)–, y en ella se encuentran motivos suficientes para considerar al cineasta austríaco como uno de los grandes creadores de la historia del cine. De Sternberg cabe destacar el excepcional partido que lograba extraer de todos los recursos propios del lenguaje cinematográfico –incluidos el sonido y la música–, y de forma especialmente significativa su dominio de la pantomima –presente tanto en sus films mudos como en los sonoros, como bien demuestra la propia The Saga of Anatahan–; su capacidad para condensar el relato a través de poderosas y sugerentes elipsis; un completo dominio de los ritmos de la narración; su sugerente uso del fuera de campo, o una indiscutible habilidad para recrear atmósferas –sensuales, opresivas, turbadoras– mediante brillantes juegos de luces y sombras. De hecho, cabe destacar que los prolegómenos de la iluminación no resultaban en absoluto ajenos al cineasta, pues si bien éste siempre contó con la colaboración de magníficos directores de fotografía –de Bert Glennon (La ley del hampa, La última orden, La Venus rubia, Capricho imperial) a Lee Garmes (Marruecos, Fatalidad, Una tragedia humana, El expreso de Shanghai), pasando por Harold Rosson (Los muelles de Nueva York), Günther Rittau (El ángel azul) o Lucien Ballard (Crimen y cástigo)–, no es menos cierto que en el film que aquí nos ocupa él personalmente tomó las riendas de la iluminación obteniendo unos resultados visualmente tan destacables como los de aquellos. 

  Von Sternberg en un momento del rodaje de La elegante pecadora (Exquisite Sinner, 1926), del que fue reemplazado por Phil Rosen


En definitiva, el de Sternberg era, y sigue siendo, un arte eminentemente cinematográfico, que poco (o nada) tiene de novelístico o teatral. En las imprescindibles memorias del realizador, publicadas en España bajo el titulo Diversión en una lavandería china (Ediciones JC Clementine, 2002), Sternberg decía lo siguiente acerca de The Saga of Anatahan, un film que el consideraba concebido “en condiciones ejemplares”: “Luché contra viento y marea en busca de esas condiciones y pensé que las encontraría en Japón, donde hice mi mejor película, conocida bajo distintos títulos: The Saga of Anatahan o The Last Woman on Earth” (…) “Yo mismo me encargué de la maqueta del equipo eléctrico, de los proyectores indirectos, del andamiaje para las cámaras, del sistema de calefacción que nos permitiera distribuir calor tropical, de la maquinaria que produce viento y lluvia” (…) “Nada fue fácil, tuvimos que construir varias cosas desde el principio y modificar otras, como el sistema de impresión de sonido y los mecanismos de la cámara”. Mi recomendación hacia este poco difundido film es absoluta, y al mismo he dedicado una extensa revisión, publicada recientemente en la revista digital Transit: Cine y otros desvíos, que puede leerse en el siguiente enlace: 

lunes, 3 de noviembre de 2014

DOSSIER ESPECIAL TRANSIT LA PELI QUE HABITO


Con bastante retraso por mi parte doy aviso en este blog de la publicación en Transit. Cine y otros desvíos de un curioso y heterogéneo dossier especial apropiadamente titulado La peli que habito, en el que un buen número de colaboradores de la revista intentan dar respuesta a una pregunta que sin duda alguna se las trae: ¿Qué película escogerías para quedarte a vivir?. Mi contribución al mismo consiste en una pequeña reflexión en torno al documental de Alan Resnais Toute la mémoire du monde (1956). Por su parte, Adrian Martin se ha encargado de La partida (Le départ, Jerzy Skolimowski, 1967); Óscar Brox de Friday Night Lights (creador: Peter Berg, 2006-2011); Faustino Sánchez de Manhattan (Woody Allen, 1977); Roger Koza de La vida útil (Federico Veiroj, 2010); Covadonga G. Lahera de Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985); Raúl Pedraz de Father and Daughter (Michael Dudok de Wit, 2000); Cristina Álvarez López de Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, Ingmar Bergman, 1982); Alexis Kossiakoff de Big Fish (Tim Burton, 2003); Manuel Ortega de Plan diabólico (Seconds, John Frankenheimer, 1966); Daniel Trapiello González de La ventana indiscreta (Rear Window, Alfred Hitchcock, 1954); Andrea Morán de Embracing (Ni tsutsumarete, Naomi Kawase, 1992); Sergio Morera de La aventura (L’avventura, Michelangelo Antonioni, 1960); Ana Aitana Fernández de Malas tierras (Badlands, Terrence Malick, 1973); Antoni Peris Grao de El mundo en sus manos (The World in his Hands, Raoul Walsh, 1952); Carles Matamoros Balasch de Una película hablada (Un filme falado, Manoel de Oliveira, 2003); Daniel de Partearroyo de La mujer del aviador (La femme de l’aviateur, Eric Rohmer, 1981); Francisca Pageo de El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) y Endika Rey de Dos en la carretera (Two for the Road, Stanley Donen, 1967). Otros cinco colaboradores no han querido ser tan específicos en su elección y han optado por una entrada algo diferente: Roberto Amaba y Cloe Masotta coinciden sorprendentemente en la elección de un mismo titulo –There’s no place like home–  para sus respectivos y diferentes textos, mientras que Carlos Losilla bautiza al suyo como Vivir en tránsito, Ricardo Adalia Martín opta por Vivir en un western y Mónica Jordán Paredes disfruta soñando con un Paisaje sureño.

Buster Keaton a punto de entrar en una pantalla de cine (El moderno Sherlock Holmes, 1924) 





jueves, 31 de julio de 2014

LOS VIOLENTOS AÑOS VEINTE (THE ROARING TWENTIES, 1939, RAOUL WALSH)


Título Original: The Roaring Twenties
Año: 1939
Nacionalidad: EE.UU.
Duración: 106 min
Director: Raoul Walsh
Guión: Jerry Wald, Richard Macaulay y Robert Rossen, según una historia original de Mark Hellinger
Actores: James Cagney, Priscilla Lane, Humphrey Bogart, Gladys George, Jeffrey Lynn, Frank McHugh







En el año 1939 se rodaron un buen número de magníficas películas: Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington), de Frank Capra, Gunga Din (ídem), de George Stevens, La jungla en armas (The Real Glory), de Henry Hathaway,  Tierra de audaces (Jesse James), de Henry King, Sólo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings), de Howard Hawks, La regla del juego (La règle du jeu), de Jean Renoir, La diligencia (Stagecoach) y El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln), ambas de John Ford, Historia del último crisantemo (Zangiku Monogatari), de Kenji Mizoguchi, la primera versión de Tú y yo (Love Affair), de Leo MccCarey, Suprema decisión (Sans Lendemain), de Max Ophüls, Medianoche (Midnight), de Mitchell Leisen, o The Whole Family Works (Hataraku Ikka) y Sinceridad (Magokoro), de Mikio Naruse. Todas ellas magníficos exponentes de sus respectivos géneros, desde el cine de aventuras al drama humanista, pasando por el western, el melodrama o el biopic histórico.  A estas cabría añadir, sin duda alguna, Los violentos años veinte, una de las películas fundamentales del cine negro, género que experimentó su verdadera época dorada desde principios de los años treinta hasta bien entrada la década de los sesenta, para transfigurarse casi por completo durante los años setenta en algo más parecido al thriller urbano o al relato policial, con las notables excepciones que han supuesto, de forma puntual, revisiones tales (o puestas al día) de sus códigos narrativos como la magistral Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990, Martin Scorsese) o la notable serie de televisión Los Soprano (The Sopranos, 1999-2007, David Chase).  

 El cineasta Raoul Walsh



En cualquier caso, siempre es buen momento para revisar cualquiera de los títulos mencionados, y en lo que respecta al film de Walsh conviene decir que esto sería así aunque solo fuera por la magistral clase de puesta en escena y de nervio narrativo que supone su visionado: Walsh demuestra, secuencia a secuencia, y plano a plano, un talento innato para insuflar continúo dinamismo al relato que tiene entre manos a través de un auténtico despliegue de movimientos de cámara (en muchas ocasiones casi imperceptibles para el espectador, de lo integrados que aparecen en el conjunto), del movimiento de los actores por el decorado, de las efectivas elipsis narrativas, o de una ausencia casi absoluta de los tiempos muertos. Los violentos años veinte es, por todo ello, un largometraje poderosamente denso y sintético, además de un relato épico y trágico. De todo ello hablo extensamente en una re/visión del film publicada recientemente en Transit: ciney otros desvíos.


miércoles, 30 de julio de 2014

EL SUEÑO DE ELLIS (THE IMMIGRANT, 2013, JAMES GRAY)


Título Original: The Immigrant
Año: 2013
Nacionalidad: EE.UU.
Duración: 136 min
Director: James Gray
Guión: James Gray y Ric Menello
Actores: Marion Cotillard, Joaquín Phoenix, Jeremy Renner, Dagmara Dominczyk, Jicky Schnee, Elena Solovey




A finales del pasado mes de junio se estrenó en salas españolas la película más reciente de James Gray, la excelente El sueño de Ellis. Pese a la notable demora con respecto a su presentación en Cannes 2013, y pese a la escasa repercusión comercial que ha logrado, víctima en parte de una campaña publicitaria casi invisible, lo cierto es que todavía puede verse en algún cine el que puede ser considerado, sin lugar a dudas, como uno de los mejores largometrajes que nos han llegado en lo que llevamos de 2014, junto a otros títulos de interés, como la también excelente El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), de Martin Scorsese, las notables La jalousie (ídem, 2013), del francés Philippe Garrel estrenada únicamente en el pasado Festival Internacional de Cinema D´Autor de Barcelona, A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013), de los norteamericanos Joel y Ethan Coen, The Grandmaster (Yi dai zong shi, 2013), del chino Wong Kar Wai, El viento se levanta (Kaze Tachinu, 2013), del japonés Hayao Miyazaki, La imagen perdida (L´image manquante, 2013), del camboyano Rithy Pahn, o las interesantes Oslo, 31 de agosto (Oslo, 31. August, 2011), del danés Joachim Trier, Jimmy P. (ídem, 2013), del francés Arnaud Desplechin, o Un toque de violencia (Tian zhu ding, 2013), del chino Jia Zhangke, y seguramente algún otro título que me dejo en el tintero. En todos los casos se trata, afortunadamente, de películas poco convencionales y rabiosamente personales, lo que no es precisamente poco para los tiempos que corren.
Como en la panorámica que  recientemente he escrito sobre sobre el film para la revista online Transit: cine y otros desvíos ya me extiendo sobre otros aspectos de El sueño de Ellis más intrínsecamente cinematográficos, aprovecho aquí para reflexionar, ni que sea brevemente, sobre el papel, diríase que autoral, que Joaquín Phoenix desempeña en las filmografías de algunos de los cineasta norteamericanos más interesantes de la actualidad. 

James Gray en un momento del rodaje de El sueño de Ellis


Pese a que la experiencia de Phoenix como actor ya supera las tres décadas, su filmografía apenas se compone de veinte largometrajes hasta la fecha. Fruto muy probablemente de su renuncia expresa a participar en proyectos meramente alimenticios, y de su meditada y concienzuda participación en proyectos difíciles y poco convencionales, su figura y prestigio profesional pueden compararse en estos momentos, sin nada que envidiarles, a la de otros interpretes masculinos como Daniel Day-Lewis (diecinueve películas en cuarenta años de carrera) y Leonardo DiCaprio (más prolífico: casi treinta filmes en poco más de veinte años). La complicidad existente entre Gray y Phoenix ha resultado fructífera (cuatro títulos hasta la fecha), así como la de Scorsese y DiCaprio (un total de cinco colaboraciones) y ambos actores ya se muestran capaces de aportar, a los personajes que interpretan a las órdenes de los cineastas mencionados, o a las de otros de similar prestigio, una complejidad psicológica ciertamente encomiable, así como una impronta interpretativa bastante sólida y fácil de reconocer. En el caso particular de Phoenix, los personajes que ha encarnado en los filmes de Gray o de Paul Thomas Anderson (primero en The Master, y ahora en la ya finalizada Inherent Vice) se caracterizan por exhibir unas personalidades ambivalentes y difíciles de descifrar, probablemente a tono con la propia personalidad real del excéntrico actor. Quizá por esa misma razón la comunión entre personaje e intérprete resulta tan ajustada, tan poco forzada: Phoenix es capaz de aportar a sus personajes –con su físico, su mirada y su particular lenguaje corporal– una fragilidad lastimera y una agresividad subrepticia (que en ocasiones se ve repentinamente desbocada) que parecen ajustarse como un guante a la personalidad del actor. En otras palabras: resulta difícil imaginarse a otro intérprete metido en la piel de unos personajes que a estas alturas ya parecen creados expresamente para Phoenix. Es el caso concreto del Bobby Green de La noche es nuestra (We Own The Night, 2007) y del Leonard Kraditor de Two Lovers (ídem, 2008), ambas de James Gray, del Freddie Quell de The Master (ídem, Paul Thomas Anderson, 2012), del personaje –¿real?, ¿ficticio? – de I´m Still Here (ídem, Casey Affleck, 2010), del Theodore de Her (ídem, Spike Jonze , 2013), o del Bruno Weiss de El sueño de Ellis.




En cualquier caso, tanto los interesados por el cine de Gray como los atraídos por la figura de Phoenix pueden profundizar un poco más en El sueño de Ellis visitando el siguiente enlace, que les conducirá directamente a la panorámica dedicada al film:





jueves, 15 de mayo de 2014

EL VIENTO SE LEVANTA (KAZE TACHINU, 2013, HAYAO MIYAZAKI)


Desde la serie Lupin (Rupan sansei, 1971-1972) hasta su último filme, El viento se levanta (Kaze Tachinu, 2013), Hayao Miyazaki se ha revelado de forma continuada referente indiscutible para el cine de animación internacional. Once largometrajes, cuatro series de televisión y varios cortometrajes, sin olvidarnos de su labor como productor, o de su profunda influencia en numerosas películas anime de las últimas décadas, confirman el ingenio y la capacidad creativa de quien puede ser considerado uno de los mejores realizadores japoneses en activo, junto a Hirokazu Koreeda y Nobuhiro Suwa (que acostumbran a mantener cierta constancia cualitativa), pero en todo caso muy por encima del demasiado irregular Takeshi Kitano, o del en ocasiones interesante, pero también muy a menudo irritante, cine de Takashi Miike.

Miyazaki retratado junto a varias de sus criaturas

Clásicos del cine en general pueden ser considerados a estas alturas films como la excelente El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001), las notables Nausicaä del valle del viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988), La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997), El castillo ambulante (Hauru no ugoku shiro, 2004) y Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008), o la divertida Porco Rosso (Kurenai no buta, 1992), apreciable y muy personal obra del cineasta, aunque en mi opinión inferior en resultados a las otras mencionadas.


No me cabe la menor duda de que El viento se levanta es uno de los films clave del presente año. Durante sus ajustadas dos horas de metraje Miyazaki hace gala una vez más de su elegancia y transparencia en la puesta en escena (de raíz clásica), de su dominio del tempo narrativo (más reposado o más intenso según lo requieran los acontecimientos de la historia), y de su habilidad para manejar de forma expresiva y dramática el color y la iluminación. Aunque el grueso de películas que componen la filmografía del realizador se ha caracterizado por la imaginación que tiene este para describir universos fantásticos, cuando no directamente oníricos, resulta estimulante que Miyazaki haya decidido clausurar su filmografía con un film de registro incuestionablemente más realista y serio, pese a que desde sus primeras imágenes y a lo largo de su metraje se alternen con cierta constancia las secuencias que retratan las vivencias reales de Jirô Horikoshi, un ingeniero aeronáutico, con algunas ensoñaciones que describen las inquietudes o temores íntimos del protagonista.


Tan solo cabe lamentar que, para la ocasión, y pese a entregar una notable última película, Miyazaki no de desmarque totalmente del grueso del cine de animación, y se revele demasiado acomodaticio y conservador a la hora de describir la complejidad de las emociones que conducen a su protagonista (inspirado en un personaje real) a vivir obcecado en diseñar uno de los más mortíferos cazas de guerra de la historia, el Mitsubishi A6M “Zero”, lo que no es precisamente poco para un ser humano. Tal vez sea esta la única limitación importante que impide al cineasta redondear su propuesta.



De todo ello hablo más extensamente en la Panorámica que la revista digital Transit: cine y otros desvíos ha dedicado oportunamente al film de Miyazaki.