lunes, 10 de octubre de 2016

LA CALLE DE LA VERGÜENZA (AKASEN CHITAI, 1956, KENJI MIZOGUCHI)


Aunque no queda del todo claro qué posición ocupa en la actualidad Kenji Mizoguchi dentro de la cinematografía japonesa, o cuál es su grado de influencia en los cineastas contemporáneos –su distancia respecto a las figuras (y al cine) de Yasujiro Ozu o Akira Kurosawa parece considerable: a él no se le suele mencionar, mientras que no son pocos los realizadores que siguen proclamando su admiración por el cine de sus coetáneos, si bien entre sus paisanos la balanza se inclina decididamente por Ozu–, lo que sí salta a la vista es con que facilidad se otorga la categoría de obra maestra (o casi) a un sorprendente número de estrenos recientes. Y también la habilidad con la que se suele eludir la justificación razonada de semejantes valoraciones en aras de eso que se suele llamar “ensayo”, una práctica que en no pocas ocasiones no conduce a ningún lado.


No es por ello de extrañar que debuts tan correctos (y perfectamente discutibles) como el de Tarde para la ira (2016), de  Raúl Arévalo, o pretenciosidades tan esteticistas y faltas de sustancia como Knight of Cups (2015), de Terrence Malick, sean consideradas por algunos “obras maestras” o, peor aún, “obras de arte”. Es decir, que sus ideas cinematográficas, así como su constancia, podrían codearse sin problemas, supuestamente, con las de, por ejemplo –y señalo dos referentes más o menos afines a los géneros y/o pretensiones artísticas de las películas mencionadas–, obras como El demonio de las armas (Deadly Is the Female, 1950), de Joseph H. Lewis, o Fellini 8½ (8½, 1963), de Federico Fellini.

 El realizador Kenji Mizoguchi en un momento del rodaje de La calle de la vergüenza

La anterior reflexión viene a cuento de la Re/visión que la revista digital Transit: cine y  otros desvíos me ha permitido dedicar a La calle de la vergüenza (Akasen chitai, 1956), de Kenji Mizoguchi, una de esas raras películas que a pesar de estar filmadas con una precisión casi quirúrgica gozan de una particular autonomía en lo que se refiere a su estatus creativo: su rigor estético y su capacidad de experimentación van cogidos de la mano y son fruto de la madurez, no de una necesidad de epatar al espectador o de situarse a cualquier precio por encima de su intelecto. Pocas son las películas actuales que se acercan al elevado vuelo artístico de Mizoguchi en este film. Quien quiera averiguar qué procedimientos estéticos narrativos y estéticos lo singularizan puede visitar el siguiente enlace: 


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