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miércoles, 1 de abril de 2015

SÁBADO TRÁGICO (VIOLENT SATURDAY, 1955, RICHARD FLEISCHER)

Título Original: Violent Saturday
Año: 1955
Nacionalidad: EE.UU.
Duración: 90 min
Director: Richard Fleischer
Guión: Sydney Boehm, según una novela de William L. Heath
Actores: Victor Mature, Richard Egan, Stephen McNally, Virginia Leith, Tommy Noonan, Lee Marvin, Margaret Hayes, J. Carroll Naish

El cineasta Richard Fleischer


Es muy posible que el realizador norteamericano Richard Fleischer no despierte hoy en día entre los cinéfilos un interés que resulte acorde con la incuestionable envergadura que tiene como cineasta. Una circunstancia en la que, no me cabe la menor duda, tiene mucho que ver su aparente falta de personalidad, que impide colocarle con comodidad la etiqueta de “autor”. Por desgracia para Fleischer, el grueso de la cinefilia  contemporánea no perdona que un realizador cinematográfico pueda carecer en gran medida de una serie de rasgos, estilísticos y temáticos, perfectamente identificables, lo que de forma casi sistemática suele comportar el desprecio o ninguneo sistemáticos de su obra. Por el contrario, en la actualidad resulta frecuente que se de pábulo a artefactos tan vistosos y artificiales, pero al mismo tiempo tan aparentes y visualmente poco rigurosos, como Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia) (Birdman: Or (The Unexpected Virtue of Ignorance), 2014), de Alejandro González Iñárritu, o productos comerciales confeccionados con cierta corrección formal pero dramáticamente tan endebles como Corazones de acero (Fury, 2014), de David Ayer, que se llevan parabienes con una sorprendente facilidad que por lo general no suelen venir acompañados por el necesario ejercicio de rigor crítico.


A pesar de que las dos películas citadas, y otras recientes e igualmente discutibles, han sido calificadas por algunos críticos, con alarmante ligereza, de “obras maestras”, no está de más recordar que sesenta años atrás alguien tan olvidado como Fleischer conseguía aunar el rigor de la puesta en escena con la experimentación narrativa (y también plástica) con una habilidad digna de envidia y sin necesidad alguna de meterse el dedo en el ombligo continuamente. Tal vez Fleischer carezca de un mundo personal más o menos definido y evidente, pero pocos realizadores actuales –incluidos algunos de prestigio más que dudoso– pueden vanagloriarse de tener una filmografía que haga sombra a la suya. Una filmografía en la que, por cierto, abundan las joyas: desde filmes magníficos como la propia Sábado trágico, Los vikingos (The Vikings, 1958), Impulso criminal (Compulsion, 1959) o El estrangulador de Boston (The Boston Strangler, 1968) –auténticas obras maestras en sus respectivos géneros– hasta otros tan notables como Testigo accidental (The Narrow Margin, 1952), La muchacha del trapecio rojo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955), Barrabás (Barabbas, 1961), El estrangulador de Rillington Place (10 Rillington Place, 1971), Fuga sin fin (The Last Run, 1971), Los nuevos centuriones (The New Centurions, 1972), Soylent Green: Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973) o Mandingo (1975).


Días atrás se ha publicado en la revista digital Transit: cine y otros desvíos una re/visión de Sábado trágico en la que repaso los aspectos narrativos y  visuales más atractivos de un film que, a mi modo de ver, resulta imprescindible.



viernes, 26 de agosto de 2011

EL ESTRANGULADOR DE BOSTON (THE BOSTON STRANGLER, 1968, RICHARD FLEISCHER)

Título Original: The Boston Strangler
Año: 1968
Nacionalidad: EE.UU.
Duración: 116 min.
Director: Richard Fleischer
Guión: Edward Anhalt, Gerold Frank
Actores: Tony Curtis, Henry Fonda, George Kennedy, Mike Kellin, Hurd Hatfield, Murray Hamilton

Sinopsis: En Junio de 1962 aparecen en la ciudad de Boston las primeras víctimas mortales - todas ellas mujeres y muertas por estrangulamiento - de un perturbado mental, Albert DeSalvo, que utiliza como pretexto su profesión de fontanero para acceder con facilidad al domicilio de sus presas. John S. Bottomly será designado por el fiscal general de la ciudad para encabezar una comisión especial cuya finalidad, en estrecha colaboración con la policía, será investigar las pocas pruebas disponibles y atrapar al asesino, que prolongará su labor criminal, perpetrando un total de 13 asesinatos, hasta inicios de 1964. Una vez atrapado DeSalvo, Bottomly, quien tan solo quiere que Boston vuelva a respirar tranquila, se encontrará ante la disyuntiva de como procesar a un hombre al que los especialistas médicos califican como esquizofrénico con doble personalidad, y que, por lo tanto, al margen de su tranquila y familiar vida hogareña, mantiene ocultos en un rincón de su mente sus horribles actos criminales.




En la filmografía del realizador Richard Fleischer, en la que tienen cabida todo tipo de propuestas y géneros, se pueden encontrar al menos cuatro obras excelentes que analizan minuciosamente unos determinados acontecimientos criminales que tuvieron lugar en la realidad. Junto a El estrangulador de Boston, que en su vertiente formal probablemente es la más arriesgada y compleja de todas, se encuentran La muchacha del trapecio rojo (The Girl in the Red Velvet Swing, 1955), Impulso criminal (Compulsion, 1959), y El estrangulador de Rillington Place (10 Rillington Place, 1971). Los cuatro films comparten una similar complejidad dramática que las mantiene alejadas en todo momento de las posturas ideológicas extremas: Fleischer prefiere recurrir a la objetividad narrativa respecto a los muy reprobables actos que plasma en estos films en detrimento de una subjetividad benévola que complazca quizá en exceso al espectador de los mismos; o dicho de otro modo: Albert DeSalvo (el asesino de El estrangulador de Boston), Harry Kendall, Judd Steiner o John Reginald Christie son, sin duda alguna, criminales que merecen ser castigados (algo que Fleischer nunca niega), pero el principal escollo al que la sociedad se enfrenta una vez estos son atrapados por la ley reside en la naturaleza del castigo que resulte más justa para cualquiera de ellos. Albert DeSalvo es un asesino de mujeres, pero su mente escindida radicalmente en dos personalidades diferentes le exime del grado de culpabilidad que debería recaer sobre otra persona completamente consciente de sus actos en circunstancias similares. ¿Cómo juzgar, por otro lado, en La muchacha del trapecio rojo, a alguien como el adinerado (y muy perturbado) Harry Kendall, mimado excesivamente por su madre desde su más tierna infancia, quien decide en un arrebato de furia asesinar a sangre fría a Stanford White, el multimillonario (y rival amoroso) que pone barreras una y otra vez para que el nuevo capricho de Harry (una bella y joven muchacha llamada Evelyn, todavía demasiado inexperta en los mecanismos de la vida y el amor) pueda llegar a ser una nueva posesión suya capaz de ensanchar la ya de por sí excesiva vanidad del joven?
La posibilidad de planear el asesinato perfecto y indemostrable, como mera demostración de la brillantez de la mente humana, es lo que el joven estudiante Judd Steiner intenta llevar a cabo en Impulso criminal (acontecimiento real que Hitchock ya había llevado años antes a la gran pantalla en la célebre La soga - Rope, 1948 -). 
De todos modos, la más sórdida y desesperada de estas cuatro historias de violencia la encontramos en El estrangulador de Rillington Place, film que cuestiona, como pocos a lo largo de la historia del cine han logrado, los límites y la ceguera moral de la justicia que supuestamente protege a los ciudadanos de cada sociedad, y que retrata también como pocos los condicionantes sociales que se erigen en detonantes de acontecimientos humanos trágicos e incomprensibles. ¿Los atroces actos de John Reginald Christie, en este último film, eximen de responsabilidades ante la justicia a una de sus víctimas indirectas, el joven, además de ignorante y pusilánime, Timothy John Evans, por haberle puesto en bandeja de plata al asesino las vidas de su mujer, de su hijo, y de otro todavía no nacido que esta lleva en el vientre?
Los estudios criminales de Fleischer nunca ofrecen respuestas claras a estas preguntas, ni tampoco cómodos asideros emocionales al espectador, el cual incluso cuando los culpables reciben su supuestamente justo castigo es incapaz de sentirse feliz por ello y en cambio experimenta de forma más intensa todavía el más absoluto desasosiego existencial ante el absurdo que en ocasiones se apodera de la vida de las personas.

En KlownsAsesinos.com se ha publicado recientemente mi crítica para El estrangulador de Boston, que puede ser leída pinchando en el siguiente enlace: